lunes, 7 de enero de 2013

TaA: LSP, una opinión nada más

I'll write next entry in Spanish. It's about Spanish new Law for Proffesional Services. Many things are being said these first days of 2013. Here you have my opinion...



LSP, una opinión. Nada más

Bajan las aguas muy revueltas para los arquitectos este arranque de 2013. Por si fuera poco con la crisis que nos arrasa, parece ser que la administración prepara un nuevo marco legal para el ejercicio profesional. Las intenciones que se conocen indican que la reforma camina en la dirección de retirar  el privilegio de exclusividad del que disfrutábamos históricamente los arquitectos para la realización de muchos de nuestros trabajos. Es decir, resumiendo mucho, nuestros archi-enemigos ingenieros, puede que adquieran la capacidad legal de asumir varias de las funciones, atribuciones y responsabilidades que hasta ahora nos estaban reservadas.
La profesión ha puesto el grito en el cielo. La red echa humo. Se han convocado actos y manifestaciones de protesta desde todas nuestras queridas instituciones. El tema es complicado. Os voy a dejar un par de enlaces con dos opiniones mucho más interesantes que la institucional enérgica protesta:



Todo tiene un tufillo déjà vu. Hace muchos, muchos años, que el colectivo profesional de los arquitectos españoles se siente maltratado por diversas reformas legales que se supone que matizan su exclusivo papel en el mercado laboral. Todavía recuerdo las convulsas  movilizaciones de mi época en la ETSAM con la Ley de Atribuciones del 86 (con el cojo manteca y compañía en nuestras filas). El argumento oficial de oposición a estas reformas ha sido siempre más o menos el mismo: Hemos sido, somos y seguiremos siendo buenísimos, excelente y específicamente formados para realizar toda nuestra vasta actividad; si se permite a otros profesionales menos o diferentemente formados asumirla, se producirá un perjuicio enorme a la sociedad en su conjunto. A pesar de ello, el legislador erre que erre, no parece apreciar la bondad de nuestra argumentación y, periódicamente, pretende fastidiarnos de nuevo.

Me pregunto por qué este empecinamiento. Esbozo algunas respuestas posibles:
-      El legislador es imbécil. ¡Hombre! ¿Todos?
-      El legislador nos tiene manía. No me acaba de convencer.
-      El legislador quiere abaratar el servicio profesional que prestamos. Según los liberales, si se aumenta la oferta, el precio en el mercado baja. Es posible. Pero yo le echaría una ojeada a los honorarios de los ingenieros (y la responsabilidad profesional que asumen) y los compararía con los de los arquitectos.
-      El legislador quiere modernizar el servicio y adaptarlo al futuro previsible. Esta explicación es la más sensata. Aunque, en este caso, sería deseable contemplar el escenario profesional en aquellos países más desarrollados (que los hay) que nuestra querida España. Hasta donde yo sé, en esos países la cosa camina más hacia la compartimentación profesional que hacia la superposición profesional que parece anunciar el borrador.

Sea cual sea la razón, la realidad es tozuda. Dejando de momento a un lado lo acertado o equivocado de la reforma propuesta, es indudable que el escenario profesional en el que los arquitectos desarrollan su/s actividad/es ha cambiado radicalmente en los últimos decenios. El desarrollo exponencial de las diferentes ramas técnicas y tecnológicas de la disciplina, extremadamente positivo y fértil, han hecho que ahora sea simplemente imposible que un único profesional aspire a convertirse en experto responsable de todas ellas en 5, 10 ó 15 años de formación. Eso ha conllevado que la participación de los malvados ingenieros (y otros profesionales) en muchos de los aspectos relacionados con lo arquitectónico, sea un hecho absolutamente generalizado y necesario. De tal manera que lo que sí es definitivamente idiota es seguir considerando la arquitectura el producto uni-personal y mono-disciplinar de unas mentes superiores e iluminadas (me parece innecesario comentar las opiniones de algunos de nuestros archi-enemigos, pocos afortunadamente, que se consideran absolutamente capacitados para asumir por si mismos todas nuestras funciones. En fin… Perdónalos Padre porque no saben lo que hacen…)
Por otra parte, hay que admitir que un porcentaje absolutamente mayoritario del volumen edificado en el país en estos años tiene escaso o nulo interés arquitectónico. En el mejor de los casos está técnicamente bien desarrollado y ejecutado, pero no se aprecia en él ninguna vocación o intención que lo singularice o lo particularice para la situación siempre individual en que se ha gestado. Son meras repeticiones más o menos habilidosas de resoluciones previas más o menos bien seleccionadas. Algunos, incluso de dentro de la propia profesión, afirman que esa es precisamente la máxima aspiración de la arquitectura. A ellos solo cabe decirles que para ese viaje no hacían falta estas alforjas. Afortunadamente, sobran ejemplos para evitar que la excusa de la mediocridad se convierta en ley.
Sin embargo, como contrapunto esperanzador a lo anterior, también es evidente la proliferación de multitud de producciones de enorme calidad desarrollados por arquitectos, jóvenes en su gran mayoría, en campos aparentemente muy alejados de nuestro estricto ámbito disciplinar. Edición, dibujo, diseño, programación, entorno digital, videojuegos, producción industrial, literatura, sociología, etc… han sido entornos que han aceptado con más naturalidad que el propio, las ideas generadas desde nuestra sólida formación académica.

Con el borrador de la nueva LSP, la profesión se ha lanzado a las barricadas. Personalmente, no siento que tengamos que defendernos de nada. Simplemente hay que concentrarse en demostrar nuestra auténtica valía; en nuestra utilidad; en la necesidad que tiene la sociedad de nosotros; en lo que somos capaces de ofrecer. La defensa numantina de las atribuciones profesionales del arquitecto de antaño que se ha iniciado tras el conocimiento del borrador de la ley contiene tres errores enlazados que la hacen inverosímil, ineficaz y, sobre todo muy poco inteligente:
-      Se pretende la defensa de una fortaleza ya vencida. La batalla, en esos términos, ya está perdida. El liderazgo de la defensa lo llevan unas instituciones (los colegios profesionales) que, por algún oscuro interés inconfesable o por simple ineptitud o vagancia intelectual, no  quieren entender la situación real de los arquitectos españoles. Ni su enorme capacidad. Ni su talento. Ni las enormes posibilidades que se les presentan. Ni… nada. En lugar de mirar con nostalgia hacia la mitad del siglo pasado, quizás no les vendría mal hacer un esfuercito e intentar vislumbrar un poco el futuro. Mirar hacia adelante. Si eso les cuesta mucho, que miren fuera. Pero que dejen de mirar hacia un pasado que ni recuerdo ni me interesa si fue tan maravilloso. Pero sí sé que nunca va a volver.
-      En los tiempos que corren, unas instituciones que fundamentan su existencia exclusivamente en el concepto de obligatoriedad, tienen un futuro más que dudoso. Obligatorio colegiarse. Obligatorio visar. Obligatorio para cualquier cliente a pagar el peaje del arquitecto… Normalmente y con razón, son blanco de todas las iras, cuando su coste y su utilidad son, como poco, cuestionables. No se me ocurre una mejor manera de formularlo que la de J.M. Echarte en su blog N+1: “esta profesión se ha preocupado en exceso de ser OBLIGATORIA y muy poco de ser NECESARIA”. No es tan complicado señores. Da más vértigo. Es más incierto. Es más difícil. Pero es la realidad, y cuanto antes nos enfrentemos a ella, mejor. Por algún motivo cuando pienso en lo Colegios Profesionales me acuerdo de HAL en 2001: su actuación, consciente o inconscientemente, está mucho más concentrada en defender su propia existencia que en asumir las funciones, si todavía perviven, para las que fueron creados.
-      Y el más grave y nocivo de estos errores: La mayor perversión de estas instituciones es que mediante el chantaje de la habilitación profesional tiene secuestradas a las Escuelas de Arquitectura. Una sibilina maniobra que paraliza al estrato naturalmente más fértil, dinámico y propositivo de toda la disciplina, haciendo que el fin último y único de toda la compleja formación académica sea una colegiación obligatoria para el ejercicio de una profesión que ya no existe. No se contentan con no servir a los arquitectos en ejercicio. Sino que además obligan a los futuros arquitectos a seguir un larguísimo itinerario formativo único que les conducirá al fondo de saco donde ellos ya se encuentran. ¿No ha llegado ya el momento de estudiar alternativas al grado/master (ni siquiera eso sabemos) único de arquitecto? ¿No ha llegado el momento de que aparezcan diversas titulaciones, evidentemente con grados de complejidad, duración y contenido diferentes en función de la orientación que cada estudiante de arquitectura de quiera dar a su carrera? ¿Todos los alumnos deben salir perfectamente preparados para salir y visar (por supuesto) el próximo Palacio de Congresos de Cercedilla? ¿O el Plan General del Rincón de la Victoria? Siempre he estado en desacuerdo con la idea generalizadamente aceptada de la universidad como fábrica de mano de obra cualificada sometida a las leyes que dicta el mercado de trabajo. Me gusta más pensar en la inversa. La universidad como incubadora de nuevas ideas que darán forma al mercado de trabajo y la sociedad futura (es un matiz, pero muy significativo. Significa aceptar e incluso buscar una cierta inutilidad a corto plazo del conocimiento). Pero es que en el caso de arquitectura, la habilitación profesional que con mano firme sujetan los colegios en España, ya ni siquiera representa la oportunidad laboral real o futura. Es una quimera del pasado que bloquea la evolución de los estudios de arquitectura en España.

Es posible, hasta probable, que el borrador de la nueva ley sea un desastre. Pero mi opinión es que la argumentación defensiva que se está construyendo es todavía más desastrosa. Afirmar: “es que somos buenísimos y si ustedes no lo ven es que son tontos”, va a terminar con el poco prestigio social que aun nos queda; va a suponer un consumo de energía inútil para toda la disciplina; va a ser un desperdicio del enorme talento, capacidad de trabajo y esfuerzo que sin duda tienen los más jóvenes; y, sobre todo, nos va a distraer a todos de la búsqueda de las auténticas respuestas que hace falta responder con urgencia con respecto a nuestra querida (y muy necesaria, estoy seguro) actividad.

Os dejo los enlaces a un par de artículos que escribí hace unos años: ¡Adiós! Señor Arquitecto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario